Hay una cara de Gran Canaria que muchos viajeros nunca ven. Más allá de las bulliciosas playas se esconde un interior agreste y con alma, donde la vida transcurre al ritmo de la tierra. Para nosotros, ese lugar es nuestra finca en Moya, enclavada cerca del tranquilo pueblo de Fontanales.
Hace poco, la luz era tan mágica que tuvimos que coger la cámara. Queríamos compartir un atisbo de cómo es el «hogar» cuando el sol empieza a ponerse tras los picos.
De pie en la terraza de nuestra finca, el aire se siente diferente: fresco, con aroma a hierbas silvestres y notablemente tranquilo. Nuestro rincón de la isla, cerca de Fontanales, es conocido por sus exuberantes paisajes y su sensación de «eterna primavera». Pero durante la hora dorada, los verdes intensos del valle se transforman en capas de oro y ámbar.
Desde nuestra altitud, a menudo somos testigos del Mar de Nubes que se extiende bajo nosotros, haciendo que la finca parezca una isla flotando en el cielo. En las noches despejadas, la silueta de las islas vecinas aparece en el horizonte, brillando en el brumoso crepúsculo.
Un Lujo Sencillo
Lo que hace que estos atardeceres sean tan especiales no es solo la vista; es la atmósfera. Es el sonido de una campana de cabra lejana del rebaño de un vecino, el encanto rústico de nuestros muros de piedra y la sensación de estar completamente desconectado del ajetreo del mundo.
Si alguna vez exploras el «Continente en Miniatura» que es Gran Canaria, hazte un favor: dirígete al norte. Sube por las sinuosas carreteras hasta Moya, respira el aire de la montaña y espera a que el sol se ponga. Es un recordatorio de que, a veces, los momentos más hermosos son los que tienes en tu propio patio trasero.




